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Dejé de existir para mí | capítulo 1 – rota

Este momento en el tiempo casi nadie lo comparte. Es el lapso en el que, ya no estás cayendo, y todavía no te estás levantando. Eres inerte en el tiempo.

Los cambios no se me dan bien. No soy ajena a ellos, pero tampoco soy su fan. Decidí buscar nuevos horizontes, y al hacerlo me topé con la pared de la realidad. Nada existe fuera de lo que tú mismo logras construir, con lo que tienes.

Sé que me toca recorrer más camino y construir con menos herramientas. No lo considero definitivo, cada logro, cada reto me deja con más y más experiencias. Pero también me enfrenta a más miedos, a más retos, a más logros, sí, a más crecimiento, quizá, pero también a más caídas, y más cansancio que soportar.

Ya me había topado con un choque cultural antes, pero no se había sentido tan profundo, quizá fue todo el paquete, distancia, soledad, quizá confié demasiado, quizá también fue la edad.

Agradezco a quien corresponda, los aprendizajes y la enriquecida voluntad que hoy me mantienen a flote. Pero, que en aquel entonces, hace siete años, durante mi intento de dejar huella en un mundo que sigue heteronormado y androcentrado, me costaron noches de lágrimas y pánico. No fue fácil hacer retumbar mi voz y respetar mis ideas, forjarles un lugar, defender su valor, mi valor. Recientemente, de nuevo en el ruedo de confrontar un criterio obstinado, doloso, premeditado, que no pretendía la mejora objetiva sino la excusa para la razón.

Ambos momentos, como muchos otros, me rompieron por dentro; siempre me estoy reconstruyendo, pero en este momento, no encuentro bien por dónde empezar. Repitiéndome que soy suficiente por lo que aporto, no por lo que soporto. Repitiéndome que somos competentes por lo que somos capaces de lograr, con propósito claro, con guía, con liderazgo, no con críticas de manual. Saberlo y decirlo, sin embargo, no hace que desaparezca el malestar.

Este proceso de recoger las piezas que se nos han caído del ego y de la autoestima, requiere constancia, actitud, y voluntad; pero sobre todo, merece respaldo, cobijo, paciencia y claridad.

No hay un lapso de tiempo definido. No hay pasos a seguir. Solo emociones por escuchar. De ahí salen las acciones. Mi cuerpo y mi mente trabajando juntas para mantenerme presente. Escuchando mis miedos, permitiéndome dar pequeños pasos, o no darlos. Respetando el descanso que no proviene del esfuerzo físico, sino del dolor interno. No tiene por qué tener sentido, solo sentirse bien.

Cada quien sana y resana su ser a su ritmo. Con actos, rutinas, y decisiones propias, tajantes, cambiantes, de duelo, de rescate. Todos necesitamos sanar primero en lo individual, todos, sin embargo, necesitamos la seguridad, la constancia, la presencia, la insistencia de nuestra red social más cercana, porque en este proceso, si bien, se vale caer, y permanecer inerte, dolerse, resistirse, dudar, también es cierto que requerimos a alguien, que nos pueda contener, escuchar, incluso hacernos ver otra realidad.

Sabernos rotos es necesario para podernos resanar.

Saberme rota me ha dado la pauta para cuestionar qué quiero rescatar y conservar en la siguiente versión de mí, y qué valdrá la pena [en su momento-cuando esté lista] soltar. 

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