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Dejé de existir para mí | capítulo 0 – tocando fondo

Han pasado siete años desde que tomé la decisión de perseguir una idea, un concepto de éxito y de crecimiento que, al día de hoy, no estoy segura de cómo llegó a mí y cómo lo acepté cierto, por tantos años…

Mucho tiempo me mantuve en el tren de lo sensato, de lo socialmente aprobado, de lo culturalmente heredado, incluida la creencia de que, resistir demuestra, contrario a que, desistir avergüenza.

Estos siete años me mostraron, entre muchas otras cosas, que tocar fondo no siempre se siente como caer, perder, ceder, rendirse o sentirse en un abismo. A veces tiene más pinta de rutina desgraciada pero presumible, con ciclos intransigentes de resistencia/ ego + éxtasis/ ambición + culpa/ desmoronamiento, que en cada vuelta, como juego de feria, le suman velocidad y potencia. Tensando más, inmobilizando más, o aventando más lejos al que menos se sostiene.

Crecí mucho, y no puedo negar que también hubo mucho gozo. Al final del día, es en la adversidad cuando desarrollas o refuerzas habilidades de supervivencia y resistencia, actitudes, rutinas que te permiten persistir, incluso sobresalir, y conseguir lo que prometes. Pero si no las aprendes a gestionar, te cobran factura, se vuelven en tu contra hasta el punto de que, en lugar de ayudarte a avanzar, te drenan, paralizan y enferman, todo eso, mientras te mantienen funcional, porque, claro, resilientes ante todos.

En mi caso, así fue, soy persistente desde muy chica, aprendí a no rendirme, a perseguir y conseguir mis sueños, sin considerar el impacto de las consecuencias. Hasta que un día, las consecuencias me pesaron más que, incluso, mis éxitos.

A lo largo de estos siete años pasé de perseguir una nueva meta, a cuestionarme mis capacidades, a retar mi integridad, a desafiar mis creencias, y a deteriorar mi autoestima. Si bien conseguí materializar objetivos que antes veía inalcanzables, mantenerme a flote, productiva y funcional; también apuñalé mi confianza, negué mi cansancio, agregué piedritas de ansiedad y depresión a mis zapatos y, en el camino, llevé mi salud al límite.

Toqué fondo sin dejar de moverme. Dejé de perseguir mis sueños para huir de una realidad de compromisos, miedos, apariencias, y autosabotaje. Dejé de estar presente, sin dejar de ser productiva.

Dejé de ser, de estar, de existir, para solo subsistir.

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