A una mañana de boleros, al fuego de una chimenea que se reciste a ceder. A una charla repetida, a un sueño loco que si digo en voz alta, pierde su poder.
La primera taza de café sabe a mi pueblo. A la casa que me abraza cómplice de mi infancia. Me sabe a árboles y travesuras, a letras y partituras, me sabe a amor que cura heridas y a días que no volverán.
En el beso de la segunda taza, mi cuerpo deja atrás el pasado y vuelve a la realidad. Donde los sueños ya no son relatos, sino estructuras de verdad.
Esa taza me sabe a tensión del trabajo y a pasión desbordada. A caminos frustrados y aventuras improvisadas; me sabe a suspiros largos y sonrisillas discretas que ayudan a espabilar.
El café me sabe a tu cuerpo, fuerte, coqueto, directo. Que me deja divagar sin miedo, mientras me pone en mi lugar.

