Cuenta la leyenda que las dos estrellas bailaban juntas, iluminando todo el universo a su paso, mientras la luna, enferma de celos, observaba su reflejo sombrío en el agua de abajo.
Un día de luna llena, sabiéndose de luz reflejo. La luna distrajo a una de ellas, haciéndola seguirle hasta la tierra. Una vez tocara el suelo, su estela de luz se convertiría en semillas, enraizándola para siempre.
El sol desesperado buscó a su amada durante tres eones; cansado y casi rendido, vio el reflejo de su amor en el mar de esta tierra.
Vaya sorpresa para la luna que el sol se dirigiera a ella, no para alabarla ni para bailar con ella, sino para reconocer a su amor a través de su mangata.
¡Sálvala, luna! ¡Devuélvemela! Gritaba el sol desconsolado. Expandía sus rayos y su restaño en el mar, intentando llegar a su amada, rozándola con la brisa. Y así nació el atardecer.
Dolida por no ser correspondida, la luna devolvía al mensajero apenas llegaba a la orilla, brillando cada vez más, hasta hacer al sol desaparecer.
Mi amor, mi estrella, mi flor, de ahora en adelante, este será nuestro baile. Nos encontraremos al este, te cantaré con la brisa y te abrazaré al pasar. Pobre luna que envidia de noche, ahora no descansará jamás. Viéndonos bailar de día y reflejando mi amor en la mar.

