¿Cuántas veces estamos tan lejos de quienes están a nuestro lado? Tan ausentes e indiferentes de su presencia. Consumidos en lo estimulante de las redes y la superficialidad de los medios, ajenos a las necesidades que explotan en el silencio, corrompiendo pensamientos y alterando comportamientos.
El ajetreo constante de la vida moderna nos sumerge en distracciones adictivas, apartándonos de las relaciones que merecen nuestra atención. La superficialidad de las redes y la indiferencia hacia quienes nos rodean pueden minar la verdadera presencia en el momento.
Prestamos la mínima atención a nuestro entorno real mientras esperamos desesperadamente conseguir otra notificación que sacie nuestra necesidad de aprecio del mundo digital. Nos hemos convertido en adictos al reconocimiento superficial, recurrente e inmediato de las redes, en tanto que descuidamos el cultivo y nutrición de estabilizadores emocionales, así como herramientas y plataformas de refuerzo sociales.
No parecce que necesitemos de estas habilidades en tanto que vivímos mayormente detrás de una pantalla. Sin embargo, es justo gracias a ellas que podemos permanecer alineados con nuestros pensamientos y en sinergia con nuestras emociones. Lo que nos permite encauzar nuestros actos de manera más selectiva y provechosa, descartando con facilidad aquello que no nos acerca a nuestros objetivos, o simplemente poniéndolos en su lugar como agentes placebo o de dispersión temporal y de bajo valor.
Estar presente sugiere escuchar de manera consciente, alerta y objetivamente, a quien está solicitando nuestra atención, incluyendo a nosotros mismos, sin distribuir nuestro interés entre ello y otros agentes externos a dicha interacción. Lo mismo con lo que pensamos, decimos, y hacemos, que con quien estamos.
La calidad de nuestras acciones y relaciones resulta del compromiso con las que las construimos, y conservamos.


