Estamos programados para no rendirnos. Cambiar de opinión está mal visto, da la impresión de inseguridad y, la incertidumbre sabe muy mal.
Hablando de productividad y éxito se tiende a suavizar el impacto que ocasionan los tropiezos. La mejora continua romantiza los errores y fracasos, validándolos como necesarios para el aprendizaje, por que lo son, pero ello no los hace menos frustrantes y dolorosos.
Identificar cuándo el reto es significativo y cuándo es innecesario, no es tarea fácil. Implica cuestionar el propósito detrás de nuestras actividades y compromisos arraigados, rutinas que, en muchas ocasiones nos sirven de excusa para quedarnos en la zona que nos conforta.
Además, incluso si ya sabemos aquello que no nos está sumando, actividad, rutina, hábito, meta que ya ni nos interesa. Lo peor es decidirnos a renunciar, y hacerlo, sin mirar atrás y retractarnos. Y sin sentirnos cupables.
La culpa y el miedo de cara a las consecuencias tiende a paralizarnos tan solo de pensarlas incluso cuando siquiera estemos seguros de que vayan a suceder.
Ahora bien, ya de por sí es difícil reconocer y aceptar, de manera personal, que hay que cambiar de dirección. Afrontar la presión social o la percepción de lo que, según nosotros, se dirá respecto de nuestra decisión de cambio puede resultar abrumador.
A menudo nos encontramos con preocupaciones sobre cómo seremos vistos por los demás o si estaremos tomando la decisión correcta. Muchas veces el simple hecho de imaginarlo nos hace arrepentirnos de nuestras decisiones. Sin embargo, es importante recordar que el cambio es una parte natural de la vida y puede traer consigo crecimiento, nuevas oportunidades y un mayor bienestar.
Aceptar este proceso puede resultar desafiante, pero al hacerlo podemos descubrir y expandir los límites de nuestra fortaleza interior. Aparte de decidir con integridad y vivir coherentes con nuestros valores, nuestros anhelos y actos.


