¿A dónde van las metas que no cumplimos? ¿Las logros que no conseguimos? ¿Los sueños que no realizamos?
Unos creen que se suman a las nubes del cielo, que se suben al tren del tiempo.
Ningúno es cierto. Esa sensación se queda en nuestro cuerpo. En esos suspiros involuntarios que nos brotan entre sorbos de café. En esos pasos pesados. En esas canciones que nos desgarran por dentro.
Esos sueños frustrados no se evaporan, se espesan, se convierten en hiel. Se mueven en la sangre, pican en la piel, queman todo a su paso, dejando en cada día la sensación de haberse vivido incompleto.
Agotan la intención, demeritan el deseo, y alteran el propósito que nos mantiene en pie, reclamando su lugar.
Nos volvemos cementerio de sueños que además no permanecen quietos. Deambulan en nuestra mente, pisando fuerte, desordenando sentimientos. Hay que hacernos cargo. Ignorarlos no servirá de nada. Realizarlos liberará la carga y hará espacio para retos nuevos.
Nunca es demasiado tarde para llevar a cabo aquello que lleva tiempo añejándose en nuestra mente. Las barreras más pesadas y difíciles, son las que nosotros mismos imponemos. Las sonrisas más amplias, emergen el día que confrontamos esos miedos y derribamos esos obstáculos, propios y ajenos.
El sabor de cada paso dado, se encuentra en el sueño logrado.

