Qué bello el universo que abre sus puertas a nuestros instantes de vida.
Qué grandes las alas, que fuertes las garras, y qué poco nos atrevemos a usarlas.
Por que nadie nos dijo que el trote de nuestros sueños nos aleja del llano conocido, y que entre más alto aspiramos, más solos volamos.
Porque el precio de fallar, de no encajar, parece pesar más que el de renunciar a vivir a nuestra suerte, a veces incluso, sin siquiera intentar.
Pero no hay un solo día que no haya tenido que ceder a la penumbra, para poder dar paso al amancer.
Es cierto, hay que renunciar al suave confort de lo conocido para crear nuestro destino. Es cierto, hay que fallar, hay que caer y renunciar, para aprender y para crecer.
Dejar ir nos hace espacio para recibir. En la capacidad de desaprender nos permitimos renacer.
En el cansancio se conmemora el camino. Los aromas dan memoria a una vida vivida, no a una sin realizar.

