Multitud vacía, Soledad que hastía

¿Te has visto atrapado entre anuncios idealistas, miradas ausentes, y silencios espesos?

Seguro que estas pasando tiempo entre compañías vacías. En donde la superficialidad y la indiferencia desmeritan la convivencia, y donde la intención de pertenecer desespera y desmoraliza al saberte presencialmente desvalorizado ante entes virtualmente priorizados.

Sentirte relegado ante las notificaciones y las conversaciones digitales de quien está frente a nosotros, no es novedad. Todos hemos sido victimas y victimarios de esta actitud en tendencia.

La interacción digital provoca una fuerte dependencia silenciosa, y como tal se nos puede salir de control.

Nos despierta gran inquietud saber de qué va cualquier sonido que proviene de nuestro dispositivo electrónico, y sobre todo, si ello trata de nosotros.

Sabernos correspondidos, adulados, e incluidos, llena nuestro cerebro de dopamina. Si, ese neurotransmisor asociado al placer, a la satisfacción y a la recompensa que, curiosamente, también se libera con algunas drogas.

Sin importar qué lo está generando, este efecto tan placentero provoca adicciones altamente peligrosas, robandonos lentamente la autonomía y fragmentando disimuladamente nuestra autoestima.

Esta interacción digital desmedida todavía no se percibe como adicción en muchos países, aún cuando muchas señales son evidentes, como el cambio en nuestra actitud según la atención recibida, la necesidad constante de valorización, la inseguridad y el nerviosismo ante la falta de interacción, por mencionar solo algunos escenarios.

Y a todo esto ¿de qué me sirve en este aislo social?

Comprender por qué nos comportamos así, nos da una pauta para actuar. Seguramente notamos este comportamiento más evidente en los demás que en nosotros mismos, pero probablemente también nosotros nos comportamos así.

Sal a la calle, camina, ¿cuánto tiempo pasa hasta que sientes la necesidad de voltear a tu móvil? ¿Cuánto tiempo sostienes la mirada a otra persona en una conversación, sin intentar revisar la pantalla una vez más? ¿Cuándo fue la última vez que saliste de casa sin electrónicos y no sufriste un ataque de pánico por haberlos dejado o potencialmente perdido?

¿Es que acaso esa herramienta de conectividad virtual, se ha vuelto más un placebo de calma, pertenencia y bienestar? y a su vez un aislante de tu entorno presencial?

La respuesta es si. Tristemente no dimensionamos sus efectos hasta que somos víctimas de ellos.

El sentimiento de vacío entre la multitud persiste debido a que la conexión presencial no se estabelce realmente, por lo que deambulamos entre la gente sin entablar conversaciones con contenido ni relaciones de valor.

Estar solo y sentirse solo es tan diferente como la emoción que cada cual te produce.

La soledad, cuando se siente, incomoda. El silencio, cuando no se domina, dispara miedos infundados, pensamientos ansiosos o expectativas frustradas. Es por ello que recurrimos a actividades de consuelo o desahogo, es por ello que inconscientemente procrastinamos. Las dosis de calma que nos otorga la interacción digital dan resultados fugaces, rápidos y efectivos aunque temporales, por lo que demandan nuestra atención constantemente, pero el hastío no se esfuma, sólo se evita.

La soledad sólo abruma cuando no congeniamos con esas voces internas que se generan desde nuestros pensamientos y emociones. Si bien, el esfuerzo para lograr esta sinergia es gradual y continuo, este augura una mejoría en nuestra capacidad de introspección y plenitud consciente.

El hastío cesa cuando estar solo se percibe como un proceso transitorio y no como un sentimiento permanente.

Hacer consciencia de los estragos que este absentismo está ocasionando en nuestra sociedad cada vez más fragmentada e indiferente, es un camino de constancia y entereza.

No te rindas, no te sientas solo, no lo estás.

Leave a comment

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.