El problema no está en la lengua, sino en su veneno

Tengo tiempo queriendo escribir sobre este tema. Como amante de la lengua, me apasiona su estructura, su adopción y evolución. Como promotora del derecho y la equidad humana, me interesa que se procure el correcto enfoque y se persiga el preciso objetivo en torno a la inclusión del ser.

No soy experta en ninguno de los dos temas, éste artículo lo escribo sin intención de generar polémica de inclusión infructuosa pero si con la voluntad de impulsar el cambio de conciencias, esperando que, con letras firmes, activismo efectivo, y constancia, se vaya moldeando una postura de óptima integración humana en la sociedad.

Uno de los diálogos más conflictivos en los que he participado, se ha dado en torno a la confusión de objetivos y la descomposición de conductas, resultantes de estas aguerridas batallas por una inclusión de forma, y no de fondo.

La visión es clara y válida, crear entornos y dinámicas de interacción e incorporación humana. El problema pudiera estarse suscitando en el modo en el que se está incitando a la aceptación y adaptación del cambio que se está intentando generar.

Una creciente actitud impositiva por un lado, y la resistencia a lo nuevo o desconocido por otro, ambos, aristas de una sociedad cada vez más tensa e inconforme tanto con el proceso como con el resultado.

Interminable división = imposible inclusión

Por costumbre aprendida tendemos a clasificar. Comparamos e identificamos similitudes y diferencias de entes y cosas. Nos gusta sentir que tenemos lo que nos rodea, de alguna forma, dentro de un marco ordenado.

Sin embargo, en el afan de alinearlo todo acorde a ciertos criterios e ideologías, señalamos y separamos despiadada y despectivamente todo lo que no encaje dentro de nuestros marcos de referencia. Es muy difícil fomentar una actitud inclusiva si a la par seguimos apuntando y catalogando.

Aunque es cierto que está en nuestra naturaleza dicha afición por organizar, también es cierto que, como todo hábito aprendido, se pueden desaprender y reenfocar nuestras habilidades de organización, en pro de acciones de bienestar general y no de beneficios exclusivos.

Hay que partir del hecho de que, es casi imposible llegar a delimitarlo todo puesto que, en escencia somos seres granularmente diferentes, a pesar de pertenecer a una misma especie. A su vez, teniendo claro que son justo nuestras diferencias, tan infinitas, flexibles y expandibles como ramificaciones de un árbol, lo que nos fortalece y engrandece, o nos hará sucumbir si nos seguimos coartando, mutilandonos entre nosotros mismos.

Por tanto, no se trata de clasificar minuciosamente para discernir, sino de respetar las inevitables inconsistencias para trascender. Donde dichas diferencias no determinan nuestros derechos y oportunidades, sino que nos robustecen.

La inclusión no se ejercita desde el idioma, se activa con actitud y se valida con acciones

Lo anterior era necesario para recordar que es de humanos intentar perfilarlo todo, pero que esto, en exceso, puede llevarnos a perder de vista el objetivo principal de la inclusión, que es el de equiparar oportunidades como semejantes, respetando sin discriminar.

Polarizando las discuciones en torno de un sector mayoritario vulnerabilizamos a las minorías y potenciamos el despotismo.

Si bien el lenguaje se configuró en tiempos más impositivos, también es cierto que desconocemos sus orígenes estructurales así como sus alcances, y muchas veces, su apropiada implementación.

Con el tiempo los regímenes han ido ajustando el lenguaje, conforme a la misma evolución del colectivo social. Cuando hablamos de la inclusión en el lenguaje, tendríamos que empezar por aclarar qué es lo que se pretende lograr con dicha expansión, si es que acaso seguimos disgregandonos o en verdad queremos ampliar nuestro léxico, y para qué.

Es válido luchar por ese sentido de pertenecer a algo que nos defina y nos represente. Pero hasta qué punto, al reclasificarnos, estamos distanciándonos más, en lugar de reformándonos.

No estoy diciendo que no deban hacerse ajustes al idioma. Es necesario impulsar su actualización a la par que nos transformamos. Pero la inclusión no es un tema gramatical, es un tema conductual.

¿De qué nos sirve tener un léxico muy amplio si sólo lo usamos para herir, excluir y juzgar?

Los ajustes a la lengua no aseguran una actitud empática ni inclusiva. Aunque si se puede considerar un comienzo, y no soy quien para advertir si es, o no, un buen medio a utilizar. No creo que la adición de nuevos términos haya sido ni sea el objetivo crucial de todo este movimiento, y vaya que de esto es de lo que se está generando gran controversia.

El lenguaje como medio de difusión y de representación, es eso, un medio, que para ser inclusivo debe surgir de una actitud incluyente.

En un esfuerzo exigente por lograr este cambio, estamos forzando un ajuste en la lengua mientras mantenemos comportamientos falsos y vacíos.

Los medios de comunicación, en su mayoría son excluyentes por estrategia de quienes le manipulan, se gestionan así desde su diseño, desde su originación, las razones pueden ser apatía, mercadotecnia dirigida, conveniencia mediática, aunque también puede ser por desconocimiento.

La reforma de la lengua, y de todos los entornos en los que se utiliza, surge de la adaptación, de la aprobación, y el ìmpetu de las mentes detrás de estos mismos entornos.

Partiendo del hecho que el idioma es herramienta que se usa positiva o perjudicialmente, con base en la aceptación y apreciación del ser, segun criterio, conveniencia, e incluyendo ese borde sentido infundado de superioridad racial y clasista que tampoco hemos desaprendido.

Ese es el objetivo crucial, el fin que creo que se está buscando, y al que creo que estamos perdiendo de vista en ocasiones. No es la reforma lingüística en sí, es el uso respetuoso y apropiado de la misma, donde no se utilicen prejuicios, estereotipos, o exclusiones en virtud de la alevosía.

Si la adaptación de la lengua es el primer paso, no es sino con una renovación de actitud y una consolidación de acciones coherentes, que aseguraremos llegar a la meta. O sólo habrémos ampliado nuestro acervo lingüistico, que de igual forma no habríamos de utilizar, convenientemente.

El límite de la libertad, es el respeto.

Al escribir este artículo, me detuve muchas veces a pensar si lo publicaba o no. La realidad es que hemos hecho tanto daño haciendo uso de nuestra prepotencia mediática, que ahora el sentimiento que estamos promoviendo es el miedo, en lugar de la empatía y la solidaridad que tanto añoramos y necesitamos.

Es cierto que muchas declaraciones se hacen con dolo, muchas se hacen desde el miedo y la ignorancia, muchas otras, como la mía, con ímpetu de consciencia, todas con intención. ¿ De qué tipo? Ahí sus diferencias.

En todo caso, el respeto debe prevalecer, aunque no es fácil mantenerse ecuánime y consciente ante el prejuicio, la presión y otros tantos fantasmas sociales que se acumulan y emergen.

Hoy en día, el rechazo se está respondiendo con más rechazo, con ira, resentimiento, soberbia, despotismo, y con total indiferencia al contexto de los demás.

Escucharnos, en pro de perdonarnos y aceptarnos, requiere mucho más que imponer o prohibir. Mucho más que manifestar o legislar. Advierte un paso atrás al interés y uno adelante hacia la empatía. Un poco menos de propagandismo y un poco más de acción humanitaria.

Si, hay que mejorar la forma en la que nos comunicamos, incluyendo escuchar lo que decimos con reacciones y evadimos con acciones.

Hablemos con actitud inclusiva, usando reglas gramaticales o no, pero si con libertad propia, y con respeto ajeno.

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